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13-06-2007

El verdadero Vóley de Potrero

Por Natalia García
Especial para Somos Vóley

Vereda y tierra, un portón de hierro oxidado y, al costado, una casa humilde de ladrillos y sin revoque. Son estas particulares imágenes las que impactan en la entrada de la cancha de “Los Pitufos”. Suena raro pero no, no es un cuento de hadas, no se trata de dibujos animados, aunque esta historia tiene personajes y situaciones que mucho tienen que ver con lo extraño y lo llamativo.

Es sábado y el reloj marca las tres de la tarde. En el barrio Trujui, ubicado en el partido de San Miguel, no vuela una mosca, sólo se escucha música de fondo. La cumbia es la elegida. En este marco, la cancha, o el patio de esa casa también humilde, comienza a recibir a sus primeros jugadores, que a diferencia de los que disputan el vóley federado, visten jeans rotos, equipos de gimnasia de clubes de fútbol y hasta ropa de albañil.

La brisa corre y levanta la tierra que cubre el rectángulo de Los Pitufos. De repente, de la casita lindante sale un hombre de unos 50 años aproximadamente. En sus manos agrietadas carga un balde con agua, que luego esparcirá sobre el piso para que el viento de invierno no levante polvo. Parece conocer cada detalle para que todo salga perfecto. Él es Eupifanio Mercado y es el dueño de casa, uno de los pocos que puede explicar con conocimiento de causa esta locura.

El Nacimiento de “Los Pitufos”

“Hace siete u ocho años, en el barrio había una cancha de vóley, entonces íbamos a jugar ahí hasta que un día cerró y nos quedamos sin lugar. Como yo tenía el terreno baldío les dije a los muchachos y con voluntad le dimos forma. Compré una red, con cable marcamos el rectángulo y con una maderita le dimos forma al tablero que es manual, por supuesto”, explica Eupifanio, rostro marcado por el tiempo, quien bautizó Los Pitufos al lugar de juego en honor a la altura de los competidores, quines apenas rasguñan el metro sesenta y ocho.

El dueño de casa invirtió mucho tiempo en la canchita, puso mucha garra y logró fundarla. La bautizaron, por supuesto, con un equipo de seis: Chiqui, Carlos, Manuel, Claudio y alguno que siempre sabe aparecer. Casi siempre es uno de los sobrinos del fundador o su nuera o una de las hijas, que abandonó finalmente.

Todo es muy humilde en el lugar. Los chicos no tienen un balón de voleibol para jugar, sino que se arreglan con una pelota de fútbol. Obviamente no es lo mismo. Manuel, uno de los vitalicios de lugar, cuenta que terminan con las manos muy lastimadas por la diferencia de peso. Pero nada ni nadie impide que el juego se lleve a cabo.

Desde el primer día de vida, Eupifanio se encargó de que no falte ningún detalle. La cancha estaba armada pero los problemas empezaron cuando el vecino no quería devolverle las pelotas que caían en su patio. Más de diez balones perdidos fueron la causa del cansancio del ocasional “enemigo”. ¿La solución? Eupifanio juntó peso por peso y compró una red que cubre todo el techo del lugar. Problema solucionado.

¿Cuánto apostamos?

Llega el momento de la acción. El primer partido (dos contra dos), lo disputan Manuel y Claudio, los primeros en llegar a destino, versus Chiqui y Carlos, hijos del dueño de casa. Una leve entrada en calor de ambos le da el color al juego. Manuel se acerca a Ezequiel, el juez, quien será el encargado de manipular el pequeño tablero de madera y arbitrar el juego.

Antes de empezar se establecen las reglas. En este caso el juego es limpio, es decir, sin alternativa (ver recuadro) ¿Quién da más?, sorprende Manuel. Todos se miran y Claudio arroja “Y... juguemos 5 mangos por cabeza” . El tesoro se puso en juego y llegó la hora jugar, con motivación monetaria incluida.

El tablero ocasionalDe un lado Manuel, quien tiene unos kilitos de más, pero poco le importan, contagia entusiasmo a la hora de jugar, mientras enfrente se ve la garra de Carlos, apoyado por su familia, su propia y más querida hinchada. Después de transpirar un buen rato, Catalina, la esposa de Eupifanio, se acerca con una cerveza y los chicos paran para descansar.


“Acá se juega por la bebida y a veces por dinero” comenta Claudio, uno de los chicos que acaba de ganarse 10 pesos y una “birra”, obsequio del dueño de casa.

Claudio cuenta que para ellos es una motivación jugar por dinero. “Hubo partidos en donde me llegué a llevar 300 pesos, sentencia el aguerrido jugador sin poder creerlo. A su vez, explica que hay un circuito en donde es común apostar por el juego.

“Todos los fines de semana salimos con la camioneta de Manuel y vamos de gira en busca de nuevos partidos. Recorremos muchas zonas: Santa Brígida, José C. Paz, La Ferrere, San Justo, San Martín, etc”. Todos estos lugares conforman un circuito de pasiones y ambiciones bien particulares.

Fotos

Continuará...

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